Algunos sectores muestran dinamismo y rentabilidad creciente, mientras otros exhiben un marcado deterioro.
Mientras el conflicto en Oriente Medio amenaza con prolongarse indefinidamente y las economías del mundo parecen moverse, en ese marco, a distinta velocidad, mostrando sus fortalezas y debilidades de manera dispar. El presidente Donald Trump ha dicho y dejado en claro que no tiene ninguna prisa por finalizar el conflicto con Irán, marcando una política de desgaste, con el bloqueo en el estrecho de Ormuz como su herramienta más poderosa en esta fase de tensión.
En este contexto de incertidumbre global, mientras en Estados Unidos los índices bursátiles alcanzan nuevos máximos impulsados por la demanda de la Inteligencia Artificial, el resto del mundo transita un escenario de dudas y volatilidad económica.
En la Argentina, este escenario se traduce en un “efecto Jano”: una economía con dos caras. Por un lado, sectores que miran al futuro con oportunidades y proyecciones positivas; por el otro, una estructura que arrastra las consecuencias más duras del ajuste.
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Esta dualidad se refleja en la actividad: algunos sectores muestran dinamismo y rentabilidad creciente, mientras otros exhiben un marcado deterioro por cambios estructurales y errores acumulados.
También se evidencia en el territorio. Sectores como el agro, la energía, el comercio electrónico y la minería mantienen un ritmo elevado. En contraste, el comercio tradicional, la industria, la construcción y varios servicios atraviesan una fase contractiva con fuerte impacto en el empleo.
La geografía económica acentúa esta brecha. En el interior del país, las inversiones vinculadas a la energía, la minería y el agro generan un efecto derrame, dinamizando la industria, el comercio y el turismo, con mejoras en el empleo.
En cambio, el área metropolitana —donde se concentra la mayor población— enfrenta un escenario inverso: caída de la actividad, deterioro del empleo y un clima agravado por la inseguridad creciente.
Esta disparidad plantea la necesidad de corregir distorsiones para evitar que la tensión social escale.
El Gobierno debe abandonar la extrema cautela y avanzar en medidas que mitiguen el impacto del ajuste, especialmente en regiones críticas donde viven millones de personas.
Un alivio en la carga fiscal podría facilitar la transición desde un modelo sostenido por la inflación hacia otro basado en la eficiencia económica.
En este proceso, las decisiones deben involucrar a todos los niveles del Estado: Nación, provincias y municipios. Estos últimos son señalados por su presión fiscal, con tasas que en muchos casos funcionan como impuestos encubiertos y afectan la actividad.
Asimismo, se plantea la necesidad de eliminar restricciones cambiarias residuales y avanzar hacia un esquema que permita un mayor flujo de divisas y una mejora del riesgo país.
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El llamado final es claro: la dirigencia política debe priorizar la estabilidad social y económica por sobre intereses sectoriales o electorales.
Porque, según advierten distintos análisis, las señales de alerta ya están presentes.
